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Viaje cuarto

In Todos los viajes on 16 mayo 2009 at 03:45

Era la primavera del Año de la Tristeza, y el caballero cabalgaba cansinamente a luz tenue de las tinieblas provocadas, una vez más, por las dudas de su alma atormentada.

El paisaje es espléndido, un profundo valle verde enmarcado, al fondo del cañón, por las enhiestas montañas nevadas que suspiran, ominosas, en la noche. Una inmensa pradera desciende, entre rocas y matorrales, hasta el sinuoso riachuelo que refleja, borroso, la luz de las estrellas. Es, más que un paisaje, un estado del espíritu, un océano de languidez, de ataraxia; es, en fin, lo que el caballero no necesita.

Su mente no descansa jamás, siempre criticando, reprochando su actitud; su corazón, incansable, le golpea agitado contra el pecho, como si quisiera huir de él. Incluso el caballo, con las redundantes inclinaciones de su testa, parece estar de acuerdo con la humanidad.

Las dudas nunca lo han abandonado, forman un inmenso manto de espinas que produce incontables heridas siempre sangrantes. Su torpe intento de paz interior es patético, constantemente interrumpido por los quejidos de la armadura encima de la bestia, o por la dificultad en guiar a ésta a lo largo del sendero mansamente trazado por la lentitud de los bueyes en su caminar.

Por fin, toma una decisión e, hincando salvajemente las espuelas, arranca al galope, dejándonos sólo el escenario, vacío de toda señal de vida, a nosotros, pobres espectadores asistentes a la desgracia ajena, en el disfrute de las penas de otros, y el alivio de saber que no son nuestras.

La siguiente escena tiene por único decorado una vieja ermita derruida perdida en un bosque de hayas verde de plenitud y alegría, pero verde también efímero, pues pronto se trocará en rojizos tonos, y luego en marrones y ocres, hasta caer en el negro y el olvido.

Hacía ella se dirige nuestro joven, bájase del caballo, suelta las bridas al aire dejándolo pastar a su antojo y camina suavemente hacia la entrada. Por las rendijas se desprenden jirones de un traje de luz, que iluminan la armadura, mostrándonos la suciedad y el deterioro.

Una vez más, duda, se detiene, mira al cielo, -ahí no está la respuesta, joven amigo- mira al suelo e inspira trabajosamente. Se arranca de un tirón el yelmo, lo que nos permite observar los rizos que caen desordenadamente sobre el rostro. Es una cara pálida, sombría; la tormenta interior baila en sus ojos al son de la ardiente respiración; con otros cabellos seria hermosa, con otro color sería bella, con otra boca quien sabe si hasta dulce, pero nuestro joven caballero es una sublimación perfecta del vano intento, del quiero y no puedo, del estoy-a-punto-pero-no-me-atrevo-a-dar-el-paso, es, en fin, el rostro esculpido de la cobardía. Más aún, iluminada ahora por los rayos de la luna menguante, es una cara triste y avergonzada.

Ha alcanzado al fin la puerta, sólo resta alzar el pesado llamador cuando ésta se abre súbitamente, una sombra marrón se abalanza pero él y comienza a golpearlo con denuedo; no se resiste, ya ha dejado de pensar, sólo recibe con estoicismo la brutal paliza que le propina el asustado ermitaño; sin exclamar ni un quejido, rindiéndose a su propio destino y esperando el ansiado desenlace final. Desgraciadamente, éste no llega y tras un golpe especialmente violento que lo lanza hacia atrás, el monje se refugia en el interior del recinto, cerrando firmemente la puerta. Ya no más poéticos retales de luz.

Allí se queda, tumbado, abandonado por las miradas, observado sólo por una lechuza, que, ella también, pronto pierde el interés. De pronto, ya no hay más gestos cansinos, no más miradas desvaídas; ahora nada hay excepto ira, rabia. Alcanza el caballo, que ha asistido impasible a sus últimas penurias, lo monta y marcha en estruendosa estampida, quebrando el plácido silencio de la noche.
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El rostro del anciano es adusto, serio. Entre las manchas de sangre todavía se pueden intuir los rasgos de suprema majestad que una vez tuvo; ahora, apoyado en su espada, herido por muchas heridas, la muerte acechándolo, ya no es el gran rey y señor que otrora fue, el más importante del mundo. Ahora sólo es rey de un inmenso ejército de carroña que se extiende por todo el campo, hasta los límites mismos del mar. Cientos, miles de cuerpos desgarrados se extienden por doquier y él es el culpable, cada miembro mutilado es un trozo perdido de su alma, partida ya en innumerables pedazos, todos sin vida; y el silencio: nada hay, todo está en calma, ni siquiera se mueve el aire, un silencio cruel no roto; ni los buitres se acercan, atemorizados por el dolor del viejo, reflejado en la cara gris y macilenta.

Lentamente se gira y retorna al lugar donde yace, derribado, su estandarte, y alcanza a ver a Ron, su lanza, incrustada salvajemente en una armadura dorada cubierta de barro. Se ha caído el yelmo del muerto y observa la cara, tan parecida a la suya propia. Se acerca y extrae la lanza, que chilla al salir de la vaina humana, gime fatigado por el esfuerzo y la arroja, cayendo de rodillas. Aúlla la postrera oración: grita de dolor, de rabia, de sufrimiento. Clama contra todo, contra ellos, contra nosotros, contra el azul del cielo, contra Dios, contra sí mismo, pero ¡ay! nadie responde.

De pronto, surgen los espasmos, los vómitos que se mezclan con la sangre ya reseca y ennegrecida; a la altura del pecho, surge sangre nueva, fresca, clara, como un torrente, y ya no es roja, es azul, es la sangre del Príncipe de los Hombres, herido una vez más; asombrado, baja la mirada y ve asomar su propia lanza, aún sedienta de muerte tras tanta lucha, y ya no cree en nada, sus ojos así lo demuestran. Lentamente, levanta una vez más la cabeza y la torna, se incorpora apoyándose en la espada, que ya comienza a cubrir la herrumbre, y ve reflejado su propio rostro, de pie, enfrentándose a él, a Él. Es su hijo, el malhadado fruto de su amor prohibido con Morgana. Es su asesino, que le sonríe.

– Rex quondam, rexque futurus, pero yacerás sin vida ante mí. Aunque los siglos entierren mi nombre y alaben el tuyo, ¡yo te veré morir!

Un último esfuerzo, un último pecado, ¡que más da! Alza la descomunal espada sobre su cabeza, descargando, con titánica fuerza, un único golpe, el último golpe, el golpe que pone fin a todas las esperanzas intentadas. El tajo que abre en la cabeza descubierta es enorme, la espada se incrusta hasta el esternón, la sangre salta a borbotones, mezclada con restos de hueso y cerebro, salpicando más el rostro anciano, pero no consigue apagar la mirada de triunfo, cristalizada ya para siempre. Con el tajo ha puesto fin a todo lo bueno que quedaba en él, purgando así su más grande pecado: creerse diferente al resto de los hombres. Mordred, su hijo, ha conseguido al fin vengarse.

Se da cuenta; se quita el yelmo, la máscara, y lo arroja, el ruido metálico lo hace estremecer, y vuelve a caer de rodillas, ya no restan fuerzas para gritar, ya solo espera la muerte. La muerte por su propia mano. Empuña ávido su espada, la que todo le dio y todo le ha quitado; la dirige hacia si hincando el pomo en una grieta de las rocas y la mira esperanzado. Pero una sonrisa se dibuja en el filo y exclama:

– Te fui cedida en préstamo como última redención de los hombres, pero has demostrado no ser digno, por eso, Yo, que tantos deseos tuyos hice posible, no te concederé el último. Hoy, has instaurado otra vez el reino del terror en el corazón de los mortales.
El rey se arroja furiosamente sobre ella, no quiere oír, pero no siente el desgarro de sus entrañas, la vida fluir hacia fuera, lejos de él. La extrae de su cuerpo y en él no queda herida alguna; la vuelve a clavar una vez más, otra, mil, pero ya sabe que no va a morir así; desesperado, cede en su empeño, y se acerca a las rocas golpeadas por el oleaje. De pronto, por fin, un ruido, la niebla y el silencio ya no lo son todo, es un caballo, un sólo hombre que se apresta a asistir a la destrucción del reino de Logres.

Nuestro joven caballero llega a la batalla, ha superado al fin sus miedos, ha vencido sus dudas, pero como cobarde que es, no tiene derecho al perdón, a caer en un noble combate que los juglares canten por años, pero qué digo, ya no habrá mas juglares, nunca más.

Ante él sólo se extiende la niebla, y por debajo, un inmenso marjal empapado en sangre, que torna resbaladiza la hierba haciendo trastabillar al caballo; desmonta y pasea entre los cadáveres, reconociendo a amigos y familiares, y también feroces rostros, enjutos y oscuros, con furiosas pinturas, con astillas de hueso prendidas en las orejas. Ese era el gran secreto de Mordred, por fin se cumplió la última profecía del Mago:

Cuando la felicidad esté más cercana,
y ya veáis al fin los sueños cumplidos,
temed de la sangre la justa venganza
y del oscuro Sur la larga derrota.

El joven avanza pisoteando pies y manos, dando patadas a cuerpos, pisoteando caras con los ojos abiertos sin ver, con bocas abiertas en un mudo grito de horror, y oye una voz, un graznido que lo llama; corre, hay alguien vivo, grita preguntando en voz alta. Ve entre la bruma una figura recostada en un árbol, encorvada, no sabe quién es. La alcanza fatigado y ve una mirada de desprecio, unos ojos llameantes; es la sentencia para él, odio en la cara de un muerto viviente, pues Arturo ya no es otra cosa.

– Por fin, joven Márvelus, la traición no os llegó a tanto, una pizca de honor os quedaba, aunque ya sólo sirva para enterrar un sueño, para ver florecer de nuevo la anarquía.

– Perdonadme, Señor…- nada más puede decir, nada puede hacer, salvo implorar el perdón.

– Os perdono, joven, pues tu pecado no alcanza siquiera los faldones de los míos, y no soy ya quién para juzgaros… En otro tiempo os haría matar, por la vergüenza que habéis hecho recaer sobre la casa de vuestro padre… Pero a él no creo que le importe ya…, y a mí tampoco.

El anciano habla en susurros, a tirones, sin voz apenas ya.

– Perdonadme señor…

– Callaos, y cumplid, aunque sólo ésta sea, la última orden de vuestro rey. Nada queda ya, solo la muerte espero, y aun ésta se niega a venir en mi auxilio. ¿Querréis ser vos el que lo haga?

El joven comprende que debe obedecer, pero sólo puede recordar. Con los ojos cerrados, de pie, agarrado a la empuñadura de su espada piensa en los momentos en los que el anciano, entonces aún poderoso, bailaba con la bella Ginebra, antes de la desesperación y el oprobio, cuando siendo él todavía un adolescente, sus lays eran cantadas en todo el reino y a él se le reconocía como el más grande desde Daerón en su arte.

En aquella época, nadie sospechaba aún la verdad. Era un joven apuesto y fuerte, primogénito de la casa de su padre, de las más nobles del rey, y aún se esperaban grandes proezas de él No se descubrió su falta hasta mucho después, cuando tras ser armado caballero no quiso disputar el torneo, ni recogió el guante con el que el ofendido Lanzarote le cruzó la cara. Esa era su verdad, que aquel infausto día se hizo realidad; nunca quiso correr el riesgo de sufrir daño alguno o incluso, de morir estúpidamente por algo en lo que no creía. Intentó explicarlo a su avergonzado padre que, entre insultos y lágrimas, lo expulsó de la casa familiar, y nunca lo volvió a ver. Intentó hacerse entender, explicar que sólo creía en la el poder de música, en la fuerza de las runas, y en su amada lira.

Vuelta a la realidad. Está a punto de matar a aquél por el que su padre hubiese dado la vida, poniendo el punto final a los sueños. Despacio, muy despacio, extrae su espada de la vaina todavía virgen, es la primera vez que la desenfunda. Se acerca al rey, que yace echado sobre el cadáver de su hijo, pero es incapaz, sus miedos afloran otra vez, la sempiterna duda siempre sembrada.

Enfrente, en el mar, las tinieblas se disipan, una barca arriba a la costa, nadie desciende de ella, pero ya sabe que este mandato tampoco lo cumplirá, algo más poderoso le empuja hacia su propio destino, alejado de la gloria y la fama; se aleja, pero Arturo todavía tiene fuerzas para un último ruego:

– Tomad mi espada y devolvedla a la Dama del Lago, de cuyas manos nunca debió salir. Nada hay, ¡pues que nada quede!

Por fin el rey se ha desembarazado de tan pesada carga; el joven la toma, y se retira respetuosamente, pues ya ve quienes son las ocupantes de la barca, que atraviesan la playa sin esfuerzo, dejando apenas huellas en la arena; son las Señoras de Avalón, que vienen a curar al rey, a instruirlo una vez más, a llevarlo al descanso imperecedero, por si alguna vez los hombres vuelven a merecer el perdón.

Las damas recogen el cuerpo y lo transportan entre ellas, flotando. Arturo ya no pesa, pues su cuerpo no es de este mundo.

El caballero se queda allí, quieto, esperando, pero nada sucede, el sol se oculta mientras la barca se aleja mar adentro, y él se queda una vez más, sólo, siempre acompañado de ese peso en el alma. El miedo ya nunca lo abandonará, pero al menos, ahora cree tener una misión que cumplir. Se acerca al escarpado terreno, mientras las nubes cubren rápidamente el cielo, y la tormenta cabalga por sobre las estrellas, presta a barrer la vergüenza anegando el campo de batalla. Extrañamente, en medio del ancho mar encrespado, hay una zona sin turbulencia alguna, lisa como el Estanque Dorado, de allí surge una mano envuelta en una redecilla de oro, abierta, extendida, pidiendo que cumpla el último mandato del rey. El héroe se acerca a las rocas del borde, la espada en la mano, los rizos húmedos por las primeras gotas, el cuerpo inclinado hacia atrás por el vendaval, el agua lamiéndole ya las botas. La lira, su vida, que siempre lleva colgada de la cintura, cae al suelo y se rompe, con ella han caído las canciones, lo que lo ataba al mundo. La mano se impacienta, se crispa, un rostro hermoso se insinúa detrás.

Por fin, la redención, el perdón, la posibilidad de que el último de los Caballeros de la Tabla Redonda complete el círculo, devolviendo al mundo la anarquía de la que nunca podrá salir, porque el mundo es mundo, y los hombres, hombres.

Lentamente, el héroe toma su propia espada, la arroja hacia la carroña sin vida y envaina a Excalibur, la tormenta estalla mientras se gira y abandona las rocas, los truenos rugen en enardecida sinfonía, coreando los gritos furiosos de la Dama, que le persiguen, pero ya es dueño de su destino; ahora él es el poseedor de la Espada.

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