amusua

Viaje segundo

In Todos los viajes on 16 mayo 2009 at 03:36

El Señor Bonaplata cierra la puerta. Suspira agarrado aún al pomo, baja el primer tramo de escaleras y llama al ascensor.

– Algún listo se lo ha dejado abierto, ¡Cabrones!

Sale de un piso viejo, del Pueblo Seco, construido por los Tíos, emigrantes tras la guerra. Ha abandonado una casa de techos altos y paredes desconchadas, baldosas marrones desvaídas por el sol, puertas de conglomerado barato. El papel que cubre las paredes dibuja sinuosas palmeras del techo al suelo; en la parte superior retorcido, el pegamento ya reseco, cae hacía adelante, despegado. El color, del original amarillo, viaja hacia el marrón más triste en el punto de unión con el techo: se debe a la gran cantidad de cigarrillos – y algún canuto, supongo- consumidos durante los largos días de invierno en los que la estufa de butano, tamaño familiar, hace el salón el único lugar habitable de la casa.

El Señor Bonaplata, mirando atrás por última vez, comienza a bajar. Los escalones, moteados de blanco, reflejan, palida, la luz que se cuela a través de la claraboya a ratos blanca y verde. Mientras llega al Tercero se encuentra la puerta exterior del ascensor abierta. No abierta como si de un olvido perdonable se tratara, no: abierta plenamente, en toda su grandeza.

– ¡Hay que joderse, hombre! ¡Toda la puta vida igual!

En el único piso de esa planta viven, tal y como le han informado puntualmente arriba, dos chicos y una chica, estudiantes e italianos. Mi Tía estaba escandalizada, aunque la verdad es que no sé si era por la presencia de ambos sexos compartiendo techo sin estar unidos como Dios manda, o porque eran italianos, o estudiantes. Supongo que era la combinación de todo ello.

La puerta se apoya tranquilamente en la pared, esperando.

“¡Mierda de ascensor!” pensó el Señor Bonaplata “¡sigue apestando a recién pintado y ni siquiera se sabe ya de qué color es!” Desciende el último tramo de escaleras hasta el descansillo y se encuentra con la puerta -otra puerta- del piso abierta. Vislumbra, brevemente, un mujer que se desliza, serpenteante, en la antigua habitación del Tío Arturo.

Inmediatamente le perdonó lo del ascensor. Es una chica alta, esbelta, castaña. Viste pantalón gris y bambas marrones -¿de pana?- . Camiseta más gris aún, cuelga una chaqueta deliciosa sobre el enorme bolso, marrón -esta vez sí- y el movimiento, grácil, permite fijar un instante de bellísima espalda color galleta. El vaivén de los rizos es una promesa fugaz de felicidad.

La súbita sensación de impacto con el mundo moderno, que le ofrece por azar una de sus más exquisitas bondades, le hace parpadear-. Es una encuentro íntimo de placer tras las horas pasadas arriba, en aquel salón helado – no estaba encendida la estufa- en el que seguía habiendo Macarrones con Chorizo y Libritos los domingos; en aquella casa en la que se deseaba fervientemente que el Señor – no Bonaplata, el Otro – castigara a Zapatero con un lúbrico hijo homosexual.

Sufre una compulsión: llamar a esa puerta abierta y preguntar si puede pasar. En realidad, no es por la chica, sino por la habitación en la que tan elegantemente se ha introducido. De crío, donde la Navidad es un recuerdo real, en casa de la Yaya en Barcelona, esa habitación estaba vedada. Recuerda como se coló una vez, de rondón, con el corazón encogido y la respiración agitada, para solo entrever trastos informes iluminados por líneas de luz provenientes de la persiana de madera, el ruinoso aparato de aire acondicionado, jalonado de cuatro haces brillantes y sentir ese olor particular en el fondo de la nariz, el olor con el que el Tío Arturo todo lo impregna. El olor de la vida plena de actividad. La mayoría de los viejos, pese a respirar, comer y dormir, caminan perceptiblemente hacia la muerte, y la naturaleza, sabia, va cubriendo su existencia con el perfume del paso del tiempo, para que el tránsito hacia el fin resulte más llevadero a los que les rodean. Sin embargo el Tío no se apaga. Incluso en casa, en bata y zapatillas, con los ralos pelos del pecho asomando por entre las solapas, mantiene un olor diferente. Quizá el olor de la vida retenida, justamente, más allá de lo esperado.

El Señor Bonaplata, agita la cabeza, se desprende de las últimas gotas de melancolía y llega al portal. El novio – tiene que ser el novio- está esperándola abajo. El Señor Bonaplata se encamina silbando a la boca de metro.

 

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