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Viaje tercero

In Todos los viajes on 16 mayo 2009 at 03:40

El Señor Bonaplata baja al portal con la bolsa en la mano; tira la basura: la orgánica en el cubo negro, los plásticos fuera, en el contenedor verde el vidrio… ¿cómo coño es? Los contenedores de reciclaje son el arco iris de la mierda.

En la plaza, sentado en las escaleras del Prosperidad, le espera encogido, con la cabeza entre los hombros, Kuti; Nan va directo, en la C-15. Fli, como cada día que saca el perro, llega tarde.

Tienen la sospecha, nunca probada, de que mira por la ventana para ver cuando están todos abajo.

Se encaminan hacia los Juzgaos. Fox, siguiendo su vieja costumbre, los cierra contra la pared; ¡cómo le gusta hacerlo! Es un perro blanco, un samoyedo blanco precioso, esbelto, fuerte, tremendamente cariñoso. Ya tiene cinco años pero conserva los ojos limpios, la mirada inocente. Quizá a los perros no les abandona nunca.

Llegan a la plaza de los Juzgaos. Es una explanada enorme, una plaza circular de asfalto con una canasta a un lado, enmarcada por bancos de cemento, rodeada de un prado verde coronado de cipreses. Al fondo se vislumbran los juzgados que le dan nombre; edificio horrible, de ladrillo visto, envuelto en andamios desde hace una vida.

Es verano, invierno, otoño, da igual. El perro sale todas las noches.

Fli lo saca siempre, llueva, nieve o truene, haga frío o calor, antes de salir de fiesta o con exámenes, con novia, sin novia, con amigos o solo. Ese perro daría la vida por él; lo ama con pasión desmedida.

Les ha visto tantas veces, sentados tiritando de frío en la insoportable noche del domingo compartiendo el último canuto que queda después del colocón del día anterior; jugando, en verano, cuando Dani trae la maría recién cosechada, no hay nada que hacer y las risas se prolongan hasta altas horas como si no hubiera un mañana lleno de fardos adultos que cargar.

Les ha visto jugar al básquet y lanzar el diávolo; charlar, divagar y emborracharse. Les ha visto cuando viene la peña del Ditú: Frodo, Falquina y El Lechuga, que siempre aparece a las tantas de la mañana directamente desde casa –¡cómo coño le apetece salir de casa a estas horas!- y la plaza tiene más ambiente que la calle Uría un sábado por la tarde.

En ese momento son niños, vuelven a ser los niños que van a jugar a la plaza. Cada uno saca de su mochila el último juguete que ha encontrado al fondo del armario.

El Señor Bonaplata lleva siempre en su bolso el jaki, para él es el juego por excelencia, no hay vencedores ni vencidos, solo pasarse la absurda pelota de lana rellena de lentejas de plástico sin que toque el suelo, probando la habilidad de cada uno.

Este verano han mejorado, Fli la lanza al aire muy arriba en vertical, introduce un dedo en el cuello de la camiseta alejándola de si mismo y deja que la pelota se deslice entre la tela y la piel hasta que aparece, como por ensalmo, por abajo; la controla y la pasa. Kuti, que solo juega con una pierna, dobla la otra hasta límites insospechados, como si la rodilla fuera el eje de un enorme péndulo que oscila adelante y atrás, adelante y atrás. Ha llegado a perfeccionar con maestría ese movimiento. Nan corre, corre sin parar, y se entrega como si fuera el mismísimo “Motorín” Berto redivivo. El Señor Bonaplata se contenta con pasarla y que no se le caiga a él.

En esta plaza se ha consolidado su amistad, ya no van allí, ya ninguno vive en el barrio, pero nunca podrán pasar por allí sin notar un estremecimiento, sin sentir que por fin, tras largos meses, vuelven a estar en casa. Han sido muchas hora. Buenos ratos, algunas lágrimas e incluso momentos desagradables, como cuando venía El Purri a darles el palo, o las temibles visitas de la Madera, que dejaban la yerba cubierta de un tendal de cigarrillos artesanales.

Pero morirán sabiendo que allí, en aquellos años, cuando estaban juntos los Cuatro, eran fuertes, el mundo exterior no daba miedo, el amor de los amigos todo lo puede.

Allí eran los reyes.

Siempre venía gente: Manu y el Tínez, Ali y Pucela, Miki… Hablaban, hablaban sin parar, del futuro, del pasado, de fútbol, de tías, de las noticias del día, de auténticas gilipolleces. Creo que muchos de ellos formaron sus más íntimas convicciones morales escuchándose unos a otros.

Allí se conocieron íntimamente, iban siempre: tristes, alegres, antes de salir de borrachera, alguna vez a la vuelta: el último canuto y pa’ casa –“el arrancadera” lo llamaba Manu-. Allí se enamoraron, se besaron, conocieron a chicas, se pelearon con los chacheles. La plaza de los juzgaos era su sitio, su territorio.

Pero siempre,
indefectiblemente,
durante todos los años que compartieron la [noche en los juzgados,
despacio,
a cámara lenta,
siempre,
cada día,
pasaba,
de un extremo al otro de la plaza,
trazando una línea recta perfecta,
haciendo la ruta más corta desde el Parque a la [calle,
una vieja,
encorvada,
con una bolsa de plástico,
a la medianoche.

No tenían que mirar el reloj para saber la hora. Era regular como un metrónomo. Nunca supieron adónde iba, o de dónde venía.

Dedicaron incontables horas a pensar qué hacia esa pobre mujer a esas horas por la calle: Oviedo es una ciudad provinciana; el retrato cruel de la olvidada Vetusta sigue ahí. A las doce solo están en la calle los que pasean al perro. Las palomas duermen, ni las ratas salen a esa hora, no hay basura ya entre la que rebuscar desperdicios.

Al principio pensaron que era una limpiadora que salía de trabajar a esa hora, hasta que se dieron cuenta que también pasaba las noches de domingo. Quizá cuidaba a su hija, enferma, o al bebe de su hija, que trabajaba por las noches. El Señor Bonaplata, que se las daba de culto, un día recordó la anécdota de Kant, pero nunca desentrañaron el misterio.

Una llave gira en la cerradura y la puerta se abre:

­- Buenes!
­ – Home, ¿ya has vuelto?
­ – ¿De qué te extraña, fiu? ye la hora.

La anciana señora deja los zapatos en el lavadero, se pone el pijama y se derrumba, vencida, en el sofá.

­- ¡Ay madre! Cada día cuéstame más llegar a casa.
­ – Caro! Que te crees, boba? Los años pasen pa toos.
­ – Y que tu lo digas, perru, que tas siempre ahí arrebujau, calentín. Nun podré seguir así eternamente, pésenme toos los dies de la vida.

Él coge el mando y cambia de canal buscando los resúmenes del fútbol, no ha apartado la vista del televisor desde que ella llegó.

­- ¡Oye! Acuérdeste de los guajes esos de los que te hablo siempre? Si, home, los del perru blancu esi tan guapu. Fa-y muncho que no los veo. Antes tovía quedaba unu, el que llevaba al perru, pero fa-y tiempu que ya no tan.

­- ¿Ónde habrán ido?

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